El Palacio de la Luna(c.2)

El Palacio de la Luna(c.2)

Author:Paul Auster
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
Published: 2010-12-19T23:00:00+00:00


5

Ese día no pasamos de ahí. No bien pronunció la última frase, Effing se detuvo para tomar aliento, y antes de que pudiera continuar con la historia, entró la señora Hume y anunció que era la hora del almuerzo. Después de las cosas tan terribles que me había contado, pensé que le seria difícil recobrar la serenidad, pero la interrupción no pareció afectarle mucho.

—Estupendo —dijo, dando una palmada—. Hora de comer. Estoy hambriento.

Me desconcertó que pudiera pasar tan rápidamente de un estado de ánimo a otro. Unos momentos antes su voz temblaba de emoción. Yo había pensado que estaba al borde del colapso y ahora, de repente, estaba rebosante de entusiasmo y alegría.

—Luego seguiremos, muchacho —me dijo mientras le llevaba en su silla de ruedas al comedor—. Esto no era más que el principio, lo que podríamos llamar el prefacio. Espere a que me caliente. Todavía no ha oído nada.

Una vez que nos sentamos a la mesa no hubo ninguna mención a la necrología. El almuerzo se desarrolló como siempre, con el acostumbrado acompañamiento de sorbetones, babeos y ruidos, ni más ni menos que cualquier otro día. Era como si Effing hubiera olvidado ya que habla pasado las últimas tres horas mostrándome sus entrañas en la otra habitación. Tuvimos la habitual charla intrascendente y hacia el final de la comida hicimos el diario repaso de las condiciones meteorológicas en preparación de nuestro paseo de la tarde. Así pasamos las tres o cuatro semanas siguientes. Por las mañanas trabajábamos en su necrología; por las tardes salíamos de paseo. Llené más de una docena de cuadernos con las historias de Effing, generalmente a un ritmo de veinte o treinta páginas por día. Tenía que escribir a gran velocidad para no quedarme atrás y había veces en que mi letra era casi ilegible. En una ocasión le pregunté si no podríamos utilizar un magnetofón, pero Effing se negó. Nada de electricidad, dijo, nada de máquinas.

—Odio el ruido de esos aparatos infernales. Todo son zumbidos y chirridos, me da náuseas. El único sonido que quiero es el de su pluma moviéndose sobre el papel.

Le expliqué que yo no era un secretario profesional.

—No sé taquigrafía —dije—, y no siempre me resulta fácil leer lo que he escrito.

—Entonces páselo a máquina cuando yo no esté presente —me contestó—. Le daré la máquina de escribir de Pavel. Es un precioso cacharro antiguo; se la compré cuando vinimos a Estados Unidos en el 39. Una Underwood. Ya no las hacen así. Deben pesar tres toneladas y media.

Esa misma noche la desenterré del fondo del armario empotrado que había en mi cuarto y la puse en una mesita. Desde entonces pasaba varias horas cada noche transcribiendo las páginas de nuestra sesión matinal. Era un trabajo tedioso, pero las palabras de Effing estaban aún frescas en mi memoria y así no perdía muchas.

Después de la muerte de Byrne, contó, perdió toda esperanza. Intentó sin mucha convicción salir de los cañones, pero pronto se encontró en un laberinto de obstáculos: riscos, gargantas, paredes rocosas inexpugnables.



Download



Copyright Disclaimer:
This site does not store any files on its server. We only index and link to content provided by other sites. Please contact the content providers to delete copyright contents if any and email us, we'll remove relevant links or contents immediately.